Desde chico me gustaron las teleseries. Entretención pura y a la vena. Claro está que hay una clara diferencia entre esas venezolanas gritonas y las brasileras delicadas con historias convincentes y muy bien actuadas.
Chilito no se quedó atrás hoy tenemos una muy buena factura de teleseries de buen nivel, aunque últimamente el mercado pókemon y pelolais están obligando a la industria a desarrollar nuevos estilos y actuaciones que son realmente asquerosas, con actuaciones exageradas e historias ridículas. En fin, bien por el público y especialmente por los actores que tiene pega.
Mejor aún por las teleseries nocturnas que nos han tenido en el último tiempo dejando el happy hour de lado por llegar a la hora precisa a ver como un asesino en serie anda matando minas o unos cuántos treintotes se pelean a una mina rica que la vemos en pelotas en la pantalla, todo esto tratando de emular a una sociedad en constante cambio previo al bicentenario y el desarrollo. Así somos testigos de femicidios, adulterios, homofobia, arribismos, exitismo, racismo, etc.
El Señor de la Querencia, que la está rompiendo en sintonía, nos abruma con su violencia, egoísmo, poder y todo lo malo de la gente con plata, pero mala.
Es el fiel retejo del doble estándar del chileno. El que se come a la china del fundo, va a putas y después se pega los latigazos para encontrar en ese dolor el perdón de Dios.
Al menos antes era más duro. Me imagino que la autoflagelación duele, hoy basta con ir a misa y ya.
Algunos señores del Opus Dei me recuerda al Señor de la Querencia. Hoy tienen tierras y además empresas. Especulan con las platas y hacen crecer la desigualdad en este país, donde cada vez hay menos patrones y más peones y chinas. Tienen hijos por montones porque tienen plata para mantenerlos y porque Dios se lo permiten, pero no permiten que el resto decida el derecho a ser dueño de su propia sexualidad satinizando el uso de la pastilla del día después.
Son los mismos que van putas a espectaculares departamentos en El Golf, a juntarse con chicas lindas o bien a levantar niños en la calle para hacerle un cariñito, y cuando llega el domingo, van en familia, todos bien vestidos y peinados a escuchar el sermón del día, aunque la mayoría se juntan para cerrar negocios o convenir matrimonios, igual que antes.
Lo peor de todo es que no es ficción. Ocurre todos los días y todos los domingos. El Señor de la Querencia no es más que la realidad de la mayoría de la clase alta de este país, que se escuda en la Iglesia y sus tradiciones para seguir cometiendo sus fechorías y aberraciones que están siempre asociadas al poder.


Mis vísceras dicen estar completamente de acuerdo con tus dichos y no es difícil encontrar ejemplos que apoyen ese enconado último párrafo de tu artículo. Sin embargo, en la “calma” de la razón, allí donde muchos quisieran que viviéramos obligados, me surgen algunas diferencias que expongo como comentario fructífero.
Aunque pudiéramos convenir que aquel que tiene dinero está en mejores condiciones para abusar de aquellos que no lo tienen, también es cierto que el abuso está directamente emparentado con el poder y no con el dinero. Hago esta distinción porque leyendo tu artículo recordé a Michel foucault (http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Foucault ) uno de esos pensadores que agradeces poder haber leído algo en la universidad, que plantea que el “poder” recorre como un tejido transversal a toda la sociedad. De manera que el hombre de la “seguridad” del banco, que te cierra la puerta en la cara cuando faltan cinco minutos para las 2 de la tarde y que además te mira y en su cara se dibuja un leve rictus, está abusando del poder que tiene. Las relaciones humanas se establecen como relaciones de luchas de poder y hasta las conversaciones pueden ser vistas de esta manera cuando se trata de imponer puntos de vista sobre los demás.